LLevo con un cuadro desde primeros de julio y creo que ahora estoy a punto de terminarlo. Lo empecé con mucha pasión porque estaba muy convencido de la idea y sabía más o menos claramente cuál era el resultado al que quería llegar, pero quise correr más de la cuenta y en un par de días aquello se convirtió en una especie de apocalipsis sin solución. Un lío.
Debo decir que todos los años, para el verano, cuando llega la jornada continua en el trabajo me prometo a mi mismo sacarle todo el partido posible y dedicar las tardes a pintar con fruición, para recuperar el tiempo que no tengo durante el resto del año. Por supuesto los objetivos son demasiado altos y cuando acaba la jornada continua siempre tengo la sensación de no haberla aprovechado lo suficiente. Este año empecé jornada y las vacaciones al mismo tiempo y dediqué 3 días enteros sólo a pintar. Al cabo de los tres días me iba de viaje y quería dejar terminado el cuadro, para que, a la vuelta de vacaciones pudiera dedicarme a proyectos nuevos.
Demasiada presión.
No es que me justifique, pero todo eso sí que explica lo del apocalipsis. Trabajé desorganizadamente, con ansiedad y un poco queriendo correr más de la cuenta. Además es un cuadro especialmente grande para lo que estoy acostumbrado y me estaba costando hacerme con las dimensiones. Notaba que no acertaba, que iba improvisando soluciones a los problemas, cometía errores y al tratar de solucionarlos gastaba mucho material y me sentía mal por ello. Todo fatal. El caso es que lo dejé sin terminar y cuando volví de vacaciones me encontré con un cuadro feo y amontonado y sin solución aparente. No tenía fuerzas para tratar de repararlo porque le había puesto tantos parches ya que eso era como la chaqueta de Carpanta. De modo que lo dejé. No fue una ruptura, fue un “Necesito que nos distanciemos un tiempo”.
Se quedó apoyado contra la pared, (en casa casi todos los cuadros están así, los pobres). Yo lo veía de cuando en cuando y lo estudiaba y trataba de ver si valía la pena luchar por él o directamente lo sacrificaba. Ya estaba pensando en comprar una tela nueva para aprovechar el bastidor cuando, me dejé llevar por un impulso, agarré el bote de Gesso y tapé casi medio cuadro. Y al verlo medio en blanco, de repente, el cuadro me habló.
Y me puse a trabajar en él de nuevo, pero claro, de tanto dar y corregir y luego tapar y luego meter y luego corregir y luego volver a tapar… la superficie de la tela está llena de protuberancias irregulares por las acumulaciones del acrílico que no había manera de meter la espátula. Tenía que buscar entre los recovecos para cubrirlo todo con el color, porque con tanto saliente y entrante quedaban partes en blanco sin cubrir.
Pero (recordatorio) tengo que aprender a detectar estos accidentes y utilizarlos en favor del cuadro. En un momento dado me di cuenta de que de tratar de manchar toda la superficie era un error y si al pasar la espátula quedaban “calvas” blancas por esas protuberancias… pues mejor!
Ya está casi acabado.
Yo no tenía para nada planificado ese efecto, pero surgió. Muchas veces mientras estoy pintando llego a hallazgos estupendos de los que en realidad no soy responsable: Yo no los busco, ellos vienen a mi.
A veces, mientras estás pintando, pasan cosas.